miércoles, 25 de mayo de 2011

Capítulo 3. La llama que encendió la mecha


El verano del ‘03 se acercaba, terminaba un año de varias actuaciones de los rockeros emilianos en las cuales destacaríamos a la fecha del Automóvil Club San Nicolás en el día de la primavera, también sonamos en La Emilia varias veces: en El Espacio; un lugar destinado a la cultura en esa época en donde el Tukán hizo su debut cantando “¿Que Paso?” Que desde ese entonces comenzó a ganarse un lugar dentro de la banda y se fue afianzando como voz y showman haciendo una dupla inolvidable con el Doctor.
    Ya comenzado el año muchas presentaciones agendadas y uno que otro contacto íbamos haciendo, era importante la ayuda de los personajes de San Nicolás que nos daban una mano como Julio Pérez que en ese entonces era dueño de Xanadú, una importante casa de instrumentos musicales que nos llevó junto con el Pato Silva a tocar en Santa Lucía a mas de 70 kilómetros de casa.
Una de las remeras obsequiadas
por Julio para la banda
     Pero la mejor fue cuando subimos a escenario de Peco´s  con Sochori que chapearon con Parraleños y su contacto nos jugó una broma pasándonos un celu de un supuesto representante de Pop Art que nos iba a llamar entre semana para arreglar contrato con la productora. Eso derivó en dos consecuencias una: pasar noches enteras en la casa de la Tota esperando el llamado de este señor cosa que dejó como herencia reuniones familiares con miembros de la banda y una desilusión al darnos cuenta que nos habían engañado. Después de la bronca vino la decisión de empezar a recorrer y dejar el material por nuestra cuenta en todos los lugares que se nos presentara la ocasión, el empuje del Gordo siempre fue majestuoso, hablo y enfrentó hasta a Dios mismo, así comenzó a postularse como manager de la banda.
     Ya habíamos llenado Vinilo, fueron más de quinientas las personas que nos vieron tocar, andábamos bien y lo bueno dura poco. Todas las noches nos juntábamos en la sala que habíamos construido o más bien en el quincho que la ladeaba juntito a la parrilla con el fuego encendido ocupándonos de ser jóvenes y algunos naipes bardeaban a las guitarras que no dejaban de sonar creando canciones junto a sus jinetes, la vida se remitía a eso, algunas quejas de nuestras compañeras de cama, pero generalmente así eran las noches de los moskitos.
      Transcurrían las vacaciones de invierno del 2003 y cumplíamos 10 años de ver a los Guns’n Roses en vivo en la primera presentación de su segunda visita a la Argentina. Esa madrugada nos fuimos todos a nuestras respectivas casas, algunos con su esposa y otros como yo a la casa de nuestros padres, con Daniel Graziutti apagamos con un par de baldes un troncoso que ardía en la parrilla para darnos calor y partimos.
      Eran alrededor de las 4 y media cuando la esposa de Héctor irrumpió en mi casa a los gritos que se quemaba el estudio, gracias a Carlos “Pistola” Abramor que le había avisado a ellos que salía humo de nuestra sala, si no seguro no hubiéramos encontrado ni los cimientos. Cuando llegué al lugar Héctor ya estaba ahí y había sido testigo del bombero sin matafuegos y sin manguera que no hizo más que llamar a la dotación de San Nicolás para que se haga cargo del siniestro.
Miguel Ponzanesi en su colectivo
    Cuarenta y cinco minutos más tarde llegaron los esperados señores bombas con su coche listo para apagar las llamas que sobresalían dos o tres metros del techo del local y así fue como al amanecer se hizo de noche y las lágrimas de los dos amigos caían sobre la helada que posaba alrededor del quincho donde pasábamos noches interminables. Parecía que todo se iba a acabar ahí.
    En las horas siguientes se apresuraron a prestar ayuda los amigos de la banda, Miguel Ponzanesi nos acercó el cole que nos alquilaba para viajar a tocar cada vez que no llevaba a La Mosca y trasladamos todo lo que quedaba a la casa del Beto Bustamante, abuelo de una pareja de un miembro de la banda. Ahí comenzamos a limpiar lo poco que habían dejado las llamas aunque el hollín tiznó de negro el saldo y todo era inutilizable.
    A la semana siguiente debíamos cumplir una fecha en Vinilo y según lo que me contaron fue una de las más concurridas y emotivas de toda la historia del Doctor, yo tuve mi única falta con aviso, pues la pasé en cama con 40 de fiebre. Pensaba que los laureles que supimos conseguir se habían hecho cenizas con el incendio.

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